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De limón la nieve y algo más: Heladería la Siberia.

De limón la nieve y algo más: Heladería la Siberia.

La historia de las tradicionales nieves de Coyoacán.

 

Por: Marisol Zenil

En una tarde calurosa, después de un día agotador, o sólo por antojo ¿no te ha pasado que un helado te pone de buenas y más si se trata de tu sabor favorito?

Hoy en día existen muchos lugares donde puedes encontrar helados, de todos los sabores; y a pesar de la gran oferta, nada se comparará con nuestros recuerdos de la niñez, la emoción al escuchar a esos singulares personajes, casi siempre anónimos, que andaban por las calles y las plazas empujando sus modestos carritos, mientras al grito “¡de limón la nieve!” atraían a chicos y grandes con la promesa de saborear una deliciosa nieve con sabor a frutas, vainilla o chocolate.

Todos estos pensamientos han venido a mi memoria después de leer “Coyoacán de mis recuerdos”, de Don José Luis Aguilar, y de una amena plática con  Alfonso Estrada, vecino y amante de Coyoacán, que dieron como resultado el deseo de compartir con ustedes una historia a propósito de todo esto.

Todo empezó por allá de 1921 cuando vinieron a Coyoacán dos jóvenes provenientes de Milpa Alta. Luciano y Ponciano Robles, primos, que con toda convicción, llegaron a este barrio para hacer historia. Decididos a emprender un nuevo negocio improvisaron un puesto de aguas a un costado de la entrada de la iglesia de San Juan Bautista.

Y aunque el esfuerzo fue mucho, con el paso del tiempo se dieron cuenta que el negocio no funcionaba, fue así que decidieron darle un giro y compraron un bote nevero, un poco de hielo y se dispusieron a hacer nieve de limón. Al principio les costó trabajo, pero la perseverancia y el ingenio dieron frutos. Su recompensa llegó con una clientela regular que ahora demandaba más variedad de sabores, obligándolos a establecerse de manera más formal. Fue así que abrieron una de las primeras paleterías del barrio.

Para 1926 se inauguraba la alberca Aurora. Ponciano y Luciano aprovecharon esta oportunidad para rentar uno de los locales que se encontraban a un costado de la entrada de la nueva atracción del barrio, como recuerda Raúl Munguía, hijo del dueño de aquel inolvidable establecimiento, “en mi niñez recibía una de esas deliciosas paletas como recompensa, después de ayudar a colocar los palitos de madera mientras se preparaban las delicias que se venderían durante el día”, le relató a Alfonso Estrada.

Desafortunadamente la clientela disminuyó, no por la calidad del producto, sino por lo alejado que se encontraban de la plaza central, viéndose en la necesidad de cerrar. Poco después con la llegada de la guerra cristera al país, todo cambió. Ponciano, quien era fiel creyente, se involucró de lleno en el conflicto, dando como resultado que lo apresaran y lo enviaran a las Islas Marías, motivo por el cual su primo se quedó como único propietario.

Luciano Robles

Luciano Robles  (Foto acervo de Alfonso Estrada)

Luciano no se desanimó, ahorró y decidió una vez más mejorar su negocio. Se instaló en un nuevo lugar. Casi en la esquina de Caballo Calco y la parroquia se encontraban unos curiosos puestos, hechos de madera, con techumbre a doble agua y tejas: “las barracas”, como eran conocidos popularmente, casi todos dedicados a la venta de comida. En el primero de ellos se instaló la nevería “La Siberia”.

El nuevo “local” era amplio, incluso con el paso del tiempo se dió el lujo de colocar cuatro mesas con sus sillas y un mostrador para despachar a los clientes que sólo iban de pasada. “Los barquillos costaban $0.05, los especiales de crema con mermelada $0.10. Si se ocupaba una mesa le servían helado en copas con una galleta María por $0.10. Los domingos después de la misa pasaba la gente a tomar helado a la famosa Siberia. Por las tardes era un continuo desfilar de clientes que iban aumentando poco a poco…” (Aguilar, 1994, pag. 75)

Para 1935, Luciano se vió obligado a subir otro peldaño más, pues según una disposición oficial, se retirarían los puestos que se encontraban al costado de la iglesia. Alquiló dos accesorias e instaló en ellas la nevería, frente al Jardín Centenario, donde se encuentra hasta el día de hoy.

Fue un arduo camino, que llevó a este personaje y a sus helados a ser considerados los más deliciosos, no sólo de Coyoacán sino de toda la ciudad. “Los domingos [era] casi imposible comprar un helado. De todas partes del D.F. [llegaba] gente [a saborearlos]” (Aguilar, 1994, pag. 77).

Luciano la atendió hasta su muerte en 1965, cuando La Siberia pasó a manos de sus familiares, quienes honraron al fundador creando varias sucursales en Coyoacán y en otras partes de la ciudad, manteniendo viva la tradición y los recuerdos de muchas generaciones que a lo largo de más de 80 años desfilaron por esta entrañable heladería.

 

Información:

Entrevista con  Alfonso Estrada.

Aguilar, F. José Luis (1994) Coyoacán de mis recuerdos. 73-78.

Foto: blog de Karina Moreno Rodríguez